Keith Luger era uno de los seudónimos de Miguel Oliveros Tovar, nació en La Coruña el 17 de marzo de 1924. Su padre, Juan Oliveros Bueno, capitán del cuerpo de sanidad militar, y su madre, Presentación Tovar Rivas, eran de la provincia de Granada, de Ojiva él y de Salobreña ella. En la fecha indicad
La muerte toca la armónica (3ª Ed.)
✍ Scribed by Keith Luger
- Publisher
- Bolsilibros Bruguera
- Year
- 1986
- Tongue
- Spanish
- Weight
- 119 KB
- Series
- Héroes de la pradera 784
- Edition
- (3a Ed.)
- Category
- Fiction
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✦ Synopsis
Jeff Sutton quiso esconderse, pero antes de que pudiera hacerlo fue visto por Rose, una de las beldades del Abilene Saloon. —¡Eh, tú, grandísimo bribón…! Jeff se estremeció como si lo hubiesen azotado por la espalda. Levantó la mirada al cielo rogando una pronta inspiración, y luego giró sobre sus talones, distendiendo los labios en una forzada sonrisa. —Caramba, tú por aquí, Rose… La mujer, de rostro aún bello, lanzaba llamaradas por los ojos.
Versión : 1.0
Autores : Keith Luger
EPG Id : 40028588
Estado : LDS
Páginas : 86
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Jeff Sutton quiso esconderse, pero antes de que pudiera hacerlo fue visto por Rose, una de las beldades del Abilene Saloon. —¡Eh, tú, grandísimo bribón…! Jeff se estremeció como si lo hubiesen azotado por la espalda. Levantó la mirada al cielo rogando una pronta inspiración, y luego giró sobre s
Jeff Sutton quiso esconderse, pero antes de que pudiera hacerlo fue visto por Rose, una de las beldades del Abilene Saloon.—¡Eh, tú, grandísimo bribón…!Jeff se estremeció como si lo hubiesen azotado por la espalda. Levantó la mirada al cielo rogando una pronta inspiración, y luego giró sobre sus tal
Su idea era despistar a sus enemigos. Mientras estos buscasen la pista del calesín y consiguiesen localizarle, no se lanzarían a meterse por terreno donde un carruaje fuese incapaz de rodar y esto les daría un respiro para distanciarse de ellos. Su estratagema tuvo éxito. Jim y el sheriff despistado
Tenía las manos rígidas, agarrotadas, colgando por los lados del lecho, como si hubiera querido asirse a las dos pequeñas alfombras. Shelby entró en la habitación lentamente, en un estupor silencioso y aturdido, hasta inclinarse y rozar con sus dedos las manos del infeliz. Estaban aún calientes, sin