Aquella era una gran fiesta, uno de esos eventos en que nadie hablaba de crisis, la mayoría de los asistentes porque tenían la oportunidad de divertirse, algunos porque otros problemas les ocupaban la mente, y la chica del cuarto de aseo del primer piso debido a que cuando te apuñalan dejas de pensa
La fiesta vigilada
✍ Scribed by Antonio José Ponte
- Publisher
- Editorial Anagrama
- Year
- 2007
- Tongue
- Spanish
- Weight
- 156 KB
- Series
- Narrativas hispánicas 411
- Category
- Fiction
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✦ Synopsis
Solitario hasta el punto de que un fotógrafo extranjero lo considera el último habitante de una ciudad de la que todos se han fugado, el narrador de este libro se propone contar cómo ha vuelto a La Habana, después de veinticinco años de prohibición, la fiesta. O, dicho más exactamente, su remedo. Hurga con ese fin en lo que él denomina «caja negra de la fiesta». Sus asuntos, mientras tanto, no marchan del mejor modo: las autoridades políticas han dictado contra él orden de censura, y verá denegado cada intento suyo de salir del país. Lo acusan, entre otras cosas, de recibir dinero de una agencia extranjera de inteligencia. No es casual, entonces, que él eche mano de una historia de la Guerra Fría -Our Man in Havana-, donde Graham Greene narraba las peripecias de un falso espía y de una red de espías falsos. Por la fiesta de estas páginas cruzan Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Dizzie Gillespie y la Orquesta Aragón, Edith Wharton y Ernesto Guevara, John Lennon y Ernest Hemingway, Compay Segundo y Ry Cooder, un perro disecado y un doble de Gene Hackman. Junto a una multitud de seres sin nombre: prostitutas, gente de cabaret, escritores exiliados y suicidas, funcionarios estatales... La narración avanza no en el estilo barroco que supondría un carnaval así, sino mediante una prosa irónica y austera. Piezas disímiles se combinan para conducir al final de toda fiesta de disfraces: el momento de abandonar las máscaras. La Habana de hoy es recorrida en paseos reflexivos (se incluye una «teoría de la ruinas») que terminan en el Museo del Ministerio del Interior. Llegado allí, el narrador solicita un expediente secreto, pregunta por las pruebas de su culpabilidad. Búsqueda de ascendencia kafkiana, la suya resulta atemperada por el ejemplo de otra criatura literaria ante el absurdo: la Alicia que, en el País de las Maravillas, echa en cara a quienes la juzgan que no son más que un mazo de naipes. Sólo que, a diferencia de Alicia, el narrador de La fiesta vigilada no tiene la ventaja de haber crecido por encima de sus jueces.
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